no resistencia a la noche
en el comienzo, creemos avanzar hacia la luz; después, fatigados por una marcha sin fin, nos dejamos deslizar: la tierra, progresivamente menos firme, no nos soporta ya: se abre. en vano buscaríamos perseguir un trayecto hacia un fin soleado, las tinieblas se dilatan alrededor y por debajo nuestro. ninguna luz para alumbrarnos en nuestro deslizamiento: el abismo nos llama y nosotros le escuchamos. encima permanece todavía todo lo que queríamos ser, todo lo que no ha tenido el poder de elevarnos más alto. y, enamorados ahora de las cumbres, decepcionados por ellas después, acabamos por venerar nuestra caída, nos apresuramos a cumplirla, instrumentos de una ejecución extraña. fascinados por la ilusión de tocar los confines de las tinieblas, las fronteras de nuestro destino nocturno.
(...)
( y, sin embargo, esta caída - ciertos instantes de petulancia aparte- dista mucho de ser solemne y lírica. habitualmente nos hundimos en un fango nocturno, en una oscuridad tan mediocre como la luz... la vida no es más que un sopor en el claroscuro, una inercia entre luces y sombras, una caricatura de ese sol interior que nos hace creer ilegítimamente en nuestra excelencia sobre el resto de la materia. nada prueba que seamos más que nada. para sentir constantemente esta dilatación en la que rivalizamos con los dioses, en la que nuestras fiebres triunfan sobre nuestros espantos, sería preciso mantenernos en una temperatura tan elevada que acabaría con nosotros en pocos días. pero nuestros relámpagos son instantáneos; las caídas son nuestra regla. la vida es lo que se descompone en todo momento; es una pérdida monótona de luz, una disolución insípida en la noche, sin cetros, sin aureolas, sin nimbos.)
- e.m. cioran
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